Archivo | abril 2012

Safira

Por: Rebeca Argüelles de Manzanares

Su nombre viene del hebreo “sappir”, que significa gema o zafiro. El nombre de su esposo era Ananías, del hebreo que significa “Jehová ha favorecido”.

Su historia la tenemos en Hechos 5. Para mí, ella es un ejemplo de cuándo una esposa no debe obediencia a su esposo. Qué diferente hubiera sido su historia si ella se hubiera opuesto a lo que su esposo le propuso. Es de notar que Dios no los juzga por sustraer parte del dinero de la propiedad que vendieron, sino por su mentira.

En el tiempo en que ellos vivieron, la Iglesia de Jerusalén estaba floreciente a pesar de la persecución que ya se hacía sentir. Los creyentes estaban juntos y tenían en común todas las cosas, oraban, comían y compartían. La comunión era maravillosa. Uno de los miembros de la Iglesia, llamado Bernabé, fue quien marcó la pauta para que algunos de los creyentes que tenían buena posición económica, comenzaran a vender de sus cosas y propiedades y donar el dinero a la Iglesia.

Esta idea pareció bien al hombre a quien Jehová había favorecido (Ananías), así que él también vendió de sus propiedades con la idea de donar el dinero a la Iglesia. Podemos pensar entonces que esta pareja tenía una buena posición económica, ya que no tuvieron problemas para tomar esta decisión. Sin embargo, justo después de hablar de la generosidad de Bernabé, el relato de Ananías comienza con un “pero”, como para destacar su actitud tan diferente a la de Bernabé. Ananías pretendió que lo vieran tan generoso como lo fue Bernabé, diciendo que estaba entregando la totalidad del precio de venta, cuando en realidad, él se había quedado con una parte. No había nada de malo con que lo hiciera. Pedro se lo dice: no estaba obligado a vender nada, pero ya que había vendido, tampoco estaba obligado a entregar todo el dinero.

Es lamentable que el relato diga que él sustrajo ese dinero “sabiéndolo también su mujer”. Pedro le preguntó a ella, por qué convino, por qué estuvo de acuerdo con su esposo en ir y decir esta mentira.

El pecado de Ananías y Safira no fue avaricia ni retener parte del dinero. Podían decidir si vender o no la tierra y cuánto dar. Su pecado fue mentir a Dios y a la Iglesia al decir que dieron todo, pero en realidad se reservaban parte para ellos, tratando de parecer más generosos de lo que en verdad eran. Este hecho se juzgó con dureza porque la deshonestidad y la codicia destruyen la iglesia. Dios juzgó este hecho en el mismo momento, para enseñar a todos que él toma muy en serio el pecado dentro de su Iglesia y personalmente se encarga de castigarlo.

¿Qué haríamos nosotros si en nuestra Iglesia se diera una situación similar? En cuanto lo supiéramos, ¿procederíamos a disciplinar a los hermanos que han mentido? ¿seríamos tan radicales como Dios lo fue en este caso?

Pero como mencioné al comienzo, Safira no estaba obligada a obedecer a su esposo en este plan. Ella debió haberlo confrontado y hacerle ver su pecado, y si él no la escuchaba, debió buscar testigos, y si tampoco a ellos los oía, no tendría que haber tenido temor en presentar el caso a la Iglesia. Ella debió considerar el ejemplo de Abigail de Carmel. Su esposo Nabal se negó a enviar provisiones a David, pero ella no obedeció a eso sino que personalmente las llevó, y en cuanto tuvo la oportunidad el día siguiente, habló con su esposo de su mal proceder y Dios lo castigó a él y no a ella.

¿Realmente no estamos poniéndonos de acuerdo con nuestros esposos para cometer pecado en la forma en que usamos el dinero, en que criamos a los hijos, en la forma en que tratamos nuestros problemas de pareja o alguna otra cosa? Cuando ellos están pecando en cualquier área de su vida personal, como padres o como esposos, si nosotras nos quedamos calladas, si no los confrontamos hasta llegar hasta las últimas consecuencias, estamos actuando como Safira… el dicho popular dice: “El que calla, otorga”. Ya sabemos cómo terminó ella por ponerse de acuerdo con su esposo para hacer algo malo. Consideremos este ejemplo para nuestras propias vidas. Que el mismo temor que sintieron los creyentes de aquel tiempo, lo sintamos nosotras hoy.

Doce años enferma

Por: Rebeca Argüelles de Manzanares

No se da el nombre de esta mujer en la Biblia, pero sabemos algo muy importante sobre ella: su largo padecimiento y la fe que tuvo para ser sanada y salvada.

Jesús la conoció en Galilea, después de su viaje a la región de los gadarenos y justo cuando se dirigía a la casa de Jairo a resucitar a su hija. Jesús acababa de llegar probablemente, pues la Biblia dice que él estaba junto al mar cuando llegó Jairo a hablar con él.

Por el relato que tenemos de ella en Marcos, podemos deducir que era una mujer que en un tiempo tuvo buena posición económica, pero gastó todo su dinero en médicos que en nada le ayudaron con su problema; contrario a eso, estaba peor. Tampoco sabemos su edad ni desde cuándo le comenzaron estos problemas. No se dice que fuera casada o tuviera hijos; talvez eso pueda ser señal de que su enfermedad le impidió llevar una vida normal desde su juventud.

En sentido patológico, se distinguen dos enfermedades distintas:

1) la metrorragia o hemorragia de la matriz fuera del período menstrual (Lv 15.25a);

2) la menorragia o hemorragia excesiva durante el período menstrual (Lv 15.25b).*

Ella sufría de la primera enfermedad.

¿Qué significaba para ella en su sociedad padecer este desorden menstrual?

Todo el tiempo que su flujo estuviera en ella, la ley la declaraba inmunda, por eso creo que no era casada. Además debía estar apartada de las otras personas, la cama en que dormía no podía ser tocada por nadie, pues también era inmunda (Levítico 15:25-27). Si estas cosas eran así, tanto ella como cualquiera que tuviera inmundicia sobre sí, debía hacerlo saber a otros, para que no fueran inmundos o que tomaran las medidas necesarias para purificarse si tenían contacto con ellos o con sus cosas o prendas de vestir. Es decir, las demás personas sabían sobre la razón de la inmundicia, entonces, se apartaban de ellos; quedaban aislados. Así estaba ella.

Pero el día que oyó sobre Jesús, le importó poco lo que los demás pudieran decir, pensar o hacer… ella se puso en marcha a buscarlo, convencida de que él era su única esperanza. No pretendía que Jesús se detuviera a hablar con ella de su padecimiento, que la consolara y la animara… es más, ella ni quería ser notada por él. Talvez pensó, luego de lo que había oído sobre Jesús, que bastaría tocar el borde de sus vestiduras para quedar sana… “Seguramente Jesús ni lo notará; no se dará cuenta y yo quedaré sana”.

Pero Jesús no estaba dispuesto a que una fe como la de ella, quedara sin ser notada.

Por el hecho de que Jesús estaba en medio de mucha gente que también lo rozaba y lo tocaba, me llama la atención el hecho de que le haya interesado tanto ver a la persona que lo había tocado y logrado que saliera poder de él (aunque él ya lo sabía, pero lo hizo para testimonio a los que iban con él y para nosotros). La protagonista de la historia, supo que no había pasado desapercibida, y mejor confesó que ella le había tocado y por qué.

¿Qué pensarían los demás de ella y su atrevimiento? ¿Qué pensarían sobre Jesús que no le importó tener contacto con una inmunda y detenerse a escucharla y hablar con ella? Nada de esto importó ni a Jesús ni a esta valiente mujer. Una vez más tenemos evidencia de que Jesús tenía cuidado y ternura para las mujeres que se le acercaron necesitadas de salvación y aún con necesidades físicas o materiales.

En nuestra sociedad, una mujer con estos problemas no sufre tanto aislamiento como ella; puede llevar una vida bastante normal dentro de lo que su padecimiento le permita, aún si a causa de su enfermedad no tiene hijos. No tiene que andar diciéndole a todo mundo que “está inmunda” a causa de su flujo, haciendo que todos se aparten de ella. Pero esto no quiere decir que no sufra en su corazón la misma angustia que tenía esta mujer de Galilea. Cualquiera que sea nuestro azote, Dios puede hacer algo por nosotras. Para él no es difícil… basta que tengamos la actitud de esta mujer, que nos decidamos a pasar por sobre todos los obstáculos con la fe que el Señor mismo nos ha dado.

* Nelson, W. M., & Mayo, J. R. (2000, c1998). Nelson nuevo diccionario ilustrado de la Biblia (electronic ed.). Nashville: Editorial Caribe.

María Magdalena

Por: Rebeca Argüelles de Manzanares

También conocida como Mariám, o Miriam. Como era habitante de la región de Magdala, se le llama Magdalena.

La Biblia la identifica además con algunas características:

1.- Era amiga de otra María, cuyos hijos eran Jacobo y José, y también de Salomé, madre de Jacobo y Juan (hijos de Zebedeo, apóstoles de Jesús), probablemente también de Juana y Susana, que servían a Jesús contribuyendo económicamente.

2.- Jesús sacó de ella siete espíritus malos.

3.- Cuando todos varones que seguían a Jesús huyeron, ella estuvo en el grupo de mujeres que se quedaron cerca mientras Jesús era crucificado.

4.- Con sus amigas, también tuvo el cuidado de seguir la costumbre hebrea de preparación del cuerpo de Jesús para la sepultura. Ella y sus amigas, madrugaron para llevar a cabo esa tarea.

5.- Ella fue una de las que corrió a dar la noticia de la resurrección del Señor a los apóstoles.

6.- Ella fue de las primeras en oír directamente de los ángeles y del Señor mismo, la confirmación de la resurrección.

Es interesante que, muchos que ignoran voluntariamente estos acontecimientos, acusan a la Biblia, a Jesús y a otros hombres creyentes del primer siglo, de ser machistas. Jesús preparó las cosas para que un grupo de mujeres fueran las primeras en saber que él había resucitado y en hacer pública la noticia. Sin embargo, hay otro grupo de personas en el otro extremo, que afirman que por estos hechos, es posible deducir que Jesús tuvo preferencia hacia esta mujer, e incluso, tuvo una relación romántica con ella. Esto es blasfemia, tanto como lo primero.

Pero, de los hechos que enumeramos arriba, podemos deducir (sin adulterar la verdad), que María, desde que fue liberada de los espíritus que la atormentaban, siguió al Señor con devoción, y buscó la compañía de otras mujeres creyentes como ella. Eso, debemos hacerlo nosotras también.

Creo que esta es una característica valiosa en ella pues, es probable que si hubiera estado sola, no hubiese tenido todo el valor necesario para hacer algunas de las cosas que hizo. Quedarse a presenciar la crucifixión era arriesgado. Ni Pedro, con todo lo impulsivo y valiente que parecía, quiso ser identificado como seguidor de Cristo el día del arresto. Pero María y sus amigas, no tuvieron temor de estar presentes. Es una característica de las mujeres el querer hacer asociarse para hacer las cosas en grupos, así que, cuánto mejor asociarse para hacer juntas la obra de Dios.

La gratitud de María hacia el Señor por el milagro operado en ella, fue más que evidente. Sabía de dónde había sido rescatada, así que no tuvo temor de obedecer y seguir a su rescatador, aún hasta la muerte.

Débora

Por: Rebeca Argüelles de Manzanares

Su nombre significa “abeja”, en el sentido de movimiento ordenado y por sus instintos sistemáticos. Es probable que fuera una mujer muy organizada y ordenada en sus asuntos. Su esposo se llamaba Lapidot, cuyo nombre significa entre otras cosas “brillante, antorcha, relámpago”.

En el tiempo que ella fue juez de Israel, estaban subyugados por el Rey Jabín y su Capitán Sísara. Débora es una de las cinco mujeres que en la Biblia reciben el nombre de “profetisa” (también lo son Hulda, María hermana de Moisés y también la esposa de Isaías, aunque también está una mujer malvada llamada Noadías, en tiempos de Nehemías).

Es posible que Débora llegara al puesto de Juez, no por su propio gusto, pues, sus palabras para Barac demuestran que ella reconoció siempre que el liderazgo del pueblo debían llevarlo los varones. Por otro lado, en su cántico luego de la victoria sobre Sísara, ella dice que su función era la de una madre, y que con esa actitud cuidaba de un pueblo cuyos varones estaban faltos de coraje. Esto por ningún motivo debe ser trasladado al modelo de la Iglesia… nunca en el Nuevo Testamento se enseña que si los varones no toman su puesto de liderazgo, las mujeres deban ponerse a la cabeza. Eso es sacar de contexto el pasaje de Jueces.

Por otro lado, lo que ella hizo debe ser nuestro modelo a seguir en el sentido de que llamó a la persona a quien le correspondía dirigir y le hizo ver que no estaba cumpliendo con su deber como Dios establecía. Ella accedió a acompañarlo a la batalla, pero no como capitana del ejército, obviamente. También le advirtió que la gloria de la batalla sería de una mujer, pero no se refería a ella misma, como solemos pensar, sino a Jael, que fue quien mató a Sísara.

¿Qué de nosotras? ¿Cómo enfrentamos las cosas cuando nuestros esposos tienen temporadas en las que están apáticos en cuanto a sus deberes en casa y con los hijos? ¿Cómo nos comportamos cuando hay apatía de parte de ellos en sus deberes en la Iglesia? Ciertamente que no debemos suplantar el lugar que les pertenece a ellos… pero podemos hacer lo que Débora: orar por ellos, hablarles, acercarnos a ellos y hacerles conciencia del llamado al que se están rehusando y las consecuencias que eso les puede traer.

Además de eso, ¿cómo nos comportamos cuando ellos realmente están cumpliendo sus deberes? ¿Los apoyamos y los seguimos con buena disposición? Débora dice que su corazón estaba cien por ciento con los jefes de su pueblo, con los que voluntariamente se ofrecieron para la batalla (Jueces 5:9). ¿Es así nuestro corazón para con los líderes que Dios puso al frente de nuestra congregación? En Débora tenemos un gran ejemplo de sujeción y lealtad para el liderazgo de los varones, a pesar de que ella misma se vio en la situación de tener que ejercer autoridad, no lo hizo con actitud de jefe y siempre estuvo conciente que eran los varones los indicados para esa tarea.