Archivo | octubre 2013

Sugerencias para quienes dirigen estudios bíblicos de mujeres

Por: Elizabeth George

Fragmento tomado de su libro: “Cultiva un espíritu afable y apacible”

¡Qué privilegio es dirigir un estudio bíblico! Y qué gozo y emoción te esperan cuando escudriñas la Palabra de Dios y ayudas a otros a descubrir sus verdades transformadoras. Si Dios te ha llamado a dirigir un grupo de estudio bíblico, sé que pasarás mucho tiempo en oración, planificando y meditando para ser una líder eficaz. Sé, también, que si dedicas tiempo a leer las sugerencias que te doy podrás enfrentar mejor los desafíos que implica dirigir un grupo de estudio bíblico, y disfrutar del esfuerzo y de la oportunidad.

En el transcurso de una sesión descubrirás que tu papel como líder de un grupo de estudio bíblico va cambiando entre las funciones de experta, animadora, amiga, y árbitro. Puesto que eres la líder, los miembros del grupo verán en ti la experta que las guía en el estudio del material, y por eso debes estar bien preparada. De hecho, prepárate más de lo que se espera, con el fin de que conozcas el material mejor que todos los miembros del grupo. Empieza tu estudio a comienzos de la semana y deja que su mensaje penetre durante toda la semana. (Incluso podrías trabajar varias lecciones por anticipado, para tener en mente el cuadro completo y el enfoque general del estudio). Prepárate para comunicar otras verdades preciosas que las participantes de tu grupo quizás no hayan descubierto por sí mismas. Una meditación adicional que surge de tu estudio personal, un comentario de un sabio maestro o erudito bíblico, un dicho inteligente, una observación aguda de otro creyente, e incluso una broma apropiada, añadirán diversión y evitarán que el estudio bíblico se vuelva rutinario, monótono y árido.

En segundo lugar, debes estar preparada para ser la animadora del grupo. Tu energía y entusiasmo hacia la tarea propuesta pueden servir de inspiración. También pueden animar a otras a consagrarse más a su estudio personal y participar en el grupo de estudio.

Tercero, debes ser la amiga, aquella que demuestra un interés sincero por los miembros del grupo. Tú eres la persona que creará el ambiente del grupo. Si tú ríes y te diviertes, las participantes también reirán y se divertirán. Si abrazas, ellas abrazarán. Si te interesas, ellas se interesarán. Si compartes, ellas compartirán. Si amas, ellas amarán. Por consiguiente, ora cada día para amar a las mujeres que Dios ha puesto en tu grupo. Pídele que te muestre cómo amarlas con su amor.

Por último, como líder, tendrás que ser árbitro en algunas ocasiones. Eso significa que debes cerciorarte de que todas tengan la misma oportunidad de hablar. Es más fácil hacerlo cuando funcionas bajo la suposición de que cada participante tiene un aporte valioso. Confía entonces en lo que el Señor ha enseñado a cada persona durante la semana, y actúa conforme a ese supuesto. Experta, animadora, amiga, y árbitro son las cuatro funciones de la líder que podrían hacer ver la tarea como algo abrumador. Pero eso no está mal, si es lo que te mantiene de rodillas orando por tu grupo.

Un buen comienzo
Empezar a tiempo, saludar con entusiasmo a cada persona, y empezar con una oración constituyen un buen principio para el estudio bíblico. Ten presente lo que quieres que ocurra durante la reunión y cerciórate de que se cumplan los objetivos. Ese tipo de orden hace que las participantes se sientan cómodas.

Establece un formato y comunícalo a los miembros del grupo. A las personas les agrada participar en un estudio bíblico que se centra en la Palabra. Procura entonces que la discusión se centre en el tema y anima al grupo a continuar con las preguntas del estudio. Con frecuencia, es difícil evitar desviarse del tema, y aún más difícil controlar la discusión. Por consiguiente, asegúrate de centrarte en las respuestas a las preguntas acerca del pasaje específico. Después de todo, el propósito del grupo es el estudio de la Biblia.

Para terminar, como alguien comentó con acierto: “El crecimiento personal es uno de los resultados de todo grupo pequeño que funciona bien. Este crecimiento se logra cuando
las personas reciben el reconocimiento y la aceptación de los demás. Cuanto más respeto, simpatía, confianza mutua y calidez se expresen, más probable será que cada miembro se esfuerce por lograr las metas del grupo. El líder eficaz procurará reforzar los rasgos deseables” (fuente desconocida).

Doce ideas útiles
Esta es una lista de sugerencias útiles para dirigir un grupo de estudio bíblico:

1. Llega temprano, lista para centrarte por completo en los demás y dar de ti misma. Si tienes que hacer algún preparativo, revisión, reagrupamiento, o una oración de último minuto, hazlo en el auto. No entres de prisa, sin aliento, apurada, tarde, ajustando aún tus planes.

2. Revisa con anticipación el lugar de la reunión. ¿Tienes todo lo necesario… mesas, suficientes sillas, un tablero, himnarios si piensas cantar, café, etcétera?

3. Saluda calurosamente a cada persona por su nombre a medida que llega. Después de todo, has orado durante toda la semana por estas mujeres, y cada persona especial debe saber que te alegras de su llegada.

4. Al menos durante las dos o tres primeras reuniones, usa etiquetas con los nombres de las participantes.

5. Empieza a tiempo sin importar lo que pase, ¡incluso si solo ha llegado una persona!

6. Piensa en una declaración de inicio agradable, pero firme. Podrías decir: “¡Esta lección fue grandiosa! Empecemos de una vez para que podamos disfrutar todo su contenido!” o “Vamos a orar antes de comenzar nuestra lección”.

7. Lee las preguntas, pero no dudes en reformularlas cuando sea necesario. Por ejemplo, en vez de leer un párrafo completo de instrucciones, podrías decir: “La pregunta 1 nos pide mencionar algunas formas en las que Cristo demostró humildad. Margarita, por favor cita una de ellas”.

8. Resume o parafrasea las respuestas dadas. Hacerlo mantendrá la discusión centrada en el tema, eliminará las desviaciones del tema, ayudará a evitar o aclarar cualquier malentendido del texto, y a mantener a cada participante atenta a lo que dicen las demás.

9. No te detengas y no añadas tus propias preguntas al tiempo de estudio. Es importante completar las preguntas de la guía del estudio. Si se requiere una respuesta concreta, entonces no tendrás que hacer otro comentario aparte de decir “gracias”. Sin embargo, cuando la pregunta pide una opinión o una aplicación (por ejemplo, ¿cómo puede esta verdad ayudar a nuestro matrimonio? O ¿cómo sacas tiempo para tu tiempo devocional?), permite que participen cuantas lo deseen.

10. Anima a cada persona que participa, en especial si el aporte es de carácter personal, difícil de decir, o si viene de una persona muy callada. Haz que todas las que participan se sientan como heroínas, con comentarios como: “Gracias por contarnos de tu experiencia personal”, o “Apreciamos mucho lo que Dios te ha enseñado. Gracias por hacernos partícipes de ello”.

11. Está atenta a tu reloj, coloca un reloj frente a ti, o considera el uso de un temporizador. Organiza la discusión de tal forma que cumplas con el tiempo que has establecido, en especial si quieres dedicar un tiempo para orar. Detente a la hora señalada incluso si no has terminado la lección. Recuerda que todas han estudiado ya la lección, y que se trata de un repaso.

12. Termina a tiempo. Solo puedes hacer amigas en tu grupo de estudio si terminas a tiempo, e incluso antes. Además, las participantes de tu grupo también tienen actividades programadas en su agenda y que deben atender: recoger a los niños de la guardería, de la escuela o de la niñera; volver a casa para atender asuntos allí; hacer diligencias; acostarse; o pasar tiempo con sus esposos. ¡Déjalas ir a tiempo!

Cinco problemas comunes

En cualquier grupo puedes esperar algunos problemas. A continuación encontrarás algunos de los más comunes que pueden surgir, y también algunas soluciones prácticas:

1. La lección incompleta. Desde el comienzo establece la norma de que si alguien no ha estudiado la lección, es preferible que no conteste las preguntas en el grupo. Sin embargo, intenta incluir sus respuestas a preguntas sobre opiniones o experiencias. Todas pueden aportar ideas como respuesta a puntos como: “Reflexiona en tus conocimientos acerca del entrenamiento deportivo y espiritual, y luego comenta lo que consideras que son los elementos esenciales para entrenarse en piedad”.

2. El chisme. La Biblia dice con claridad que el chisme es malo, así que no desearás permitir esto en tu grupo. Establece una norma elevada y estricta diciendo: “No me siento cómoda con esta conversación” o “Señoras, estamos [no estás] chismeando. Sigamos con la lección”.

3. La participante habladora. Estos son tres escenarios y algunas posibles soluciones para cada uno:
a. La participante que causa el problema tal vez hable porque ha hecho su tarea y está emocionada por algo que desea comunicar. Quizá también sepa más acerca del
tema que las demás y, si le prohíbes hablar, el grupo se perjudicaría.

SOLUCIÓN: Responde diciendo algo como:”Sara, haces aportes muy valiosos al grupo. Veamos si podemos escuchar lo que las demás piensan al respecto”, o “Sé que Sara puede responder esto, porque ha hecho su tarea a conciencia. ¿Qué tal si otras nos cuentan acerca de su estudio?”

b. La participante podría mostrarse habladora porque no ha hecho su tarea y quiere aportar a la discusión, pero carece de límites.

SOLUCIÓN: Desde la primera reunión, fija la norma de que quienes no han realizado su lección no podrán hacer comentarios, excepto en preguntas de opinión o aplicación. Tal vez sea preciso recordar esta norma al principio de cada sesión.

c. La participante habladora quizá desee ser oída a pesar de no tener siempre algo que valga la pena aportar.

SOLUCIÓN: Después de varios recordatorios sutiles, habla de manera más directa: “Betty, sé que te gustaría comentar tus ideas, pero demos a otras la oportunidad de hacerlo. Me gustaría oírte más adelante”.

4. La participante callada. Estos son dos escenarios y sus posibles soluciones:

a. La participante callada quiere aportar, pero de alguna forma no logra encontrar la ocasión para hablar.

SOLUCIÓN: Ayuda a la participante callada prestando atención a las señales que manifiesta cada vez que desea hablar (moverse al borde de su silla, expresar algo con su mirada, empezar a decir algo, etc.), y luego podrías decir: “Un momento. Creo que Mariana quiere decir algo”. ¡Y no olvides hacerla sentir después como una heroína!

b. La participante callada simplemente no quiere participar.

SOLUCIÓN: “Mariana, ¿qué respuesta tienes para la pregunta 2?” o “¿Qué piensas acerca de…?” Por lo general, cuando una persona tímida ha hablado unas pocas veces, se sentirá más confiada y dispuesta a seguir haciéndolo. Tu función es proveer la oportunidad sin riesgos de respuestas equivocadas. Sin embargo, en algunas ocasiones habrá una participante que te diga que en realidad prefiere no intervenir. Respeta su posición, pero de vez en cuando pregúntale en privado si se siente lista para aportar a las discusiones del grupo. De hecho, brinda total libertad a las participantes de aportar o no. En la primera reunión, explica que si alguna prefiere no exponer su respuesta, puede decir “paso” en cualquier momento. Sería útil repetir esta norma al principio
de cada sesión grupal.

5. La respuesta equivocada. Nunca digas a una participante que su respuesta es errónea, pero tampoco permitas que una respuesta equivocada se pase por alto.

SOLUCIÓN: Pregunta si alguien más tiene una respuesta diferente, o formula preguntas adicionales que hagan surgir la respuesta correcta. A medida que las participantes se acercan a ella, puedes decir: “Nos estamos acercando. Sigamos pensando, casi hemos encontrado la respuesta”. Aprender de la experiencia tan pronto como finaliza cada sesión de estudio bíblico, evalúa el tiempo de discusión grupal con esta lista de control. Tal vez también quieras que un miembro del grupo (o un asistente, un aprendiz, o un observador externo) te evalúe de manera periódica.

Que Dios te fortalezca y aliente en tu servicio a otros para que descubran las abundantes y maravillosas verdades que Él ofrece.

Glorificando a Dios con la comida

Por: Elisa Michelén de Ramírez

Dios es SANTO y quiere que seamos íntegras en nuestros corazones aun en cosas tan básicas como la comida, así nos lo recuerda en 1ª Corintios 10:31 cuando dice “Ya sea que comamos o bebamos o hagamos cualquier otra cosa hagámoslo todo para la Gloria de Dios”.

Empecé a luchar con malos hábitos alimenticios a partir de haberme ido a vivir lejos de mi país cuando me casé ya que al pasar mucho tiempo a solas, la comida se convirtió en un refugio o una manera de auto-gratificarme para escapar de mi realidad, ocasionándome  un aumento de peso considerable.

Entre diferentes vaivenes con mi peso, nacieron mis dos hijos. Ahora  la excusa para comer era que dormía mal o que, a veces, estaba físicamente agotada y me decía: “Paso demasiado trabajo para ni siquiera  comer aquellas cosas que me gustan”. Veía en la comida una forma de suplir otras necesidades: una manera de encontrar la felicidad. La mayor parte del tiempo, mis pensamientos giraban alrededor de la comida. Esta empezó a ser una adicción.

Estoy agradecida de Dios por la gran bendición que han sido mis hijos pero junto con ellos llegaron grandes retos con sus momentos de cansancio extremo, de impotencia y de desesperación en los cuales sentía que la manera de aligerar mi carga era comiendo un chocolate, una galleta, o un rico postre más  y así me convertí en esclava de aquello que me había vencido.

Era una situación sutil y profunda a la vez hasta el punto que, en muchas ocasiones, la comida era mi motivación para asistir a reuniones familiares o cumpleaños en lugar de las  bendiciones y/o edificación que recibiría al compartir con hermanos…  una condición muy  triste.

Dios comenzó a hablarme de distintas formas y finalmente a través de la serie de Aviva Nuestros Corazones sobre las adicciones, El tocó profundamente mi corazón. Ahora quiero que se glorifique en cada bocado… quiero decirle: “Sí; Señor, hazme una mujer cuya boca tenga rienda… no quiero ser más una ciudad derribada y esclava de la comida…”

Él me ha ayudado a través de la oración constante a dar pasos firmes y a seguir luchando a pesar de mis caídas; confío que me seguirá dando la victoria para disfrutar la libertad de la obediencia y rendición a Él. Su Palabra nos manda a poner cuchillo a nuestra garganta.

Mis hijos constituyen un gran peso para perseverar. Como madre quiero seguir viendo Su mano ayudándome a crecer en dominio propio pues, si no ¿cómo les enseño a controlarse cuando no he rendido esta área de mi vida al Señor?

Nuestra integridad empieza en la intención de nuestro corazón donde sólo el Señor nos ve.

Recientemente leí en mis devocionales el versículo de Juan 15:5:  “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer” el cual ha cobrado un nuevo sentido para mí: separada de Dios no podré tener victoria con el dominio propio, por eso debo mantenerme aferrada a Él, a Sus promesas y  llenar  mi mente de Su Palabra para que  Filipenses 4:13 sea una realidad en mi vida: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” y así poder decirle a la comida: Ni un bocado más…! Soy Libre!

Quiera el Señor continuar Su Obra en nosotras, revelando nuestro pecado para que Su Gracia en nuestras vidas siga brillando cada día, con mayor esplendor. A Él y sólo a Él sea toda la Gloria.

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…Y los niños van a su clase dominical.

Por: Rebeca Argüelles de Manzanares

Ya les conté sobre mi hijo en la entrada titulada “Mami, ¿me llevas a la Iglesia?”… bueno, ahora tiene 16 meses de edad, y hoy, 6 de Octubre de 2013, lo vi irse por primera vez con los demás niños y su maestra, a la clase dominical… no puedo explicarles las emociones que me llenaron al verlo tan feliz, rodeado de otros niños que son sus amiguitos y de la mano de su maestra, que en este caso, el Señor ha permitido que sea una de mis queridas cuñadas la que tiene a cargo la clase.

El tiempo ha pasado y el día llegó en que, sin pensar que no estaría con sus padres, se marchó a una aventura, donde poco a poco, y para reforzar lo que hacemos en casa, se irá acercando a su amoroso Creador… Venían a mi mente las palabras de un libro que estoy leyendo ahora, de una de mis autoras favoritas: Elizabeth George. El párrafo dice así: “… nunca es demasiado pronto para orientar las vidas de tus hijos hacia lo celestial… por el contrario, con facilidad se hace demasiado tarde. Te imploro: ¡No tardes en hacerlo!” Qué palabras tan verdaderas estas.

Pero sé que quieren saber si todo salió bien… pues, así fue. El niño permaneció toda la hora de clase en su aula, con sus compañeros. Desde el aula donde yo trabajo con las mujeres de mi congregación, podía verlo sentadito en su banca… pude escuchar su voz, pues tiene su propio lenguaje todavía y la voz fuerte de su padre, y mi cuñada me comentó que se comportó bastante bien durante la clase.

Quise compartir esto con ustedes, para seguir animándolas a que confíen en el Señor al llevar a sus hijos al templo y dejarles ir a su clase dominical. Sé que a muchas de nosotras nos hace sentir algo especial que nuestros hijos no quieran separarse de nosotras, que alcen sus bracitos rogando que los carguemos, que lloren cuando no nos ven, pero, créame: debe procurar que su hijo(a) no sea tan dependiente de usted; es bueno para el niño(a) y es bueno para usted. En su aula de clase estará bien; si su niño(a) ya camina significa que hace muchas otras cosas también por sí solo así que, no piense que no puede sobrevivir en el mundo sin su mami. Cuando mi hijo volvió hoy de clase, ni siquiera venía buscándome con sus ojitos… me vio mucho rato después de que despedimos el culto. Creo que venía tan contento que ni pensó en mami. Anímese amiga… verá que puede lograr cosas muy importantes en la vida de su hijo, y de paso, usted ganará una hora en la que puede poner atención verdaderamente en su clase dominical de mujeres.

¿Qué es lo peor que puede pasar cuando lo despache a su clase con los demás niños? Que la maestra les mande llamar para que recojan a su hijo porque algo le sucede, tiene sed, se golpeó, llora o está incómodo o lo que sea… no será vergonzoso… los niños son niños. Pero si somos constantes, cada vez se irán sintiendo más en confianza con la gente que los rodea en el templo y serán felices en la casa de Dios, como nuestro querido Jesús lo era cuando estaba allí… cómo me hubiera gustado que vieran a mi pequeño irse, que hubieran oído sus risas en el camino al aula, que lo hubieran visto regresar una hora después, sonriente… aunque su niño no regrese así, aunque solo aguante 10 minutos sin usted, aunque se lo traigan llorando, usted siga intentando, no se canse amiga. Recuerde que el Señor le manda dejar a su niño acercarse a él ya mismo. Cuando lo haga, cuéntenos cómo le va y si podemos ayudarle en algo con respecto a este tema.

 

 

Dominados por el temor

Por: Gustavo López

Compilado por: Rebeca Argüelles de Manzanares

Juan 9:10-22 “Y le dijeron: ¿Cómo te fueron abiertos los ojos? Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista. Entonces le dijeron: ¿Dónde está él? El dijo: No sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Y era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos. Volvieron, pues, a preguntarle también los fariseos cómo había recibido la vista. El les dijo: Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo. Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos. Entonces volvieron a decirle al ciego: ¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta. Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron, diciendo: ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora? Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego;  pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo. Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga.”

Aquí tenemos una pareja de padres que, teniendo un hijo que había nacido ciego, ahora recibieron la noticia de que podía ver. Qué terrible cuando nuestros hijos enferman… estamos preocupados, nerviosos, no tenemos otra cosa en el pensamiento, deseamos que al abrir los ojos en la mañana, ya ellos estén sanos de nuevo. Cuando el médico que atiende a nuestros hijos les receta los medicamentos que rápidamente hacen efecto… ¡Cuán agradecidas nos sentimos con ellos por su tratamiento acertado! Qué alivio tan grande… y les decimos: “Gracias Doctor”

Pero, ¿qué pasó con estos padres? No los vemos aquí emocionados aunque sabían que había sido Jesús quien sanó a su hijo. Vea el versículo 22… ellos sabían que había sido Jesús, pero no querían ni siquiera hablar de él, por miedo a lo que los judíos harían contra ellos. Preferían que las consecuencias de admitir el poder y la identidad de Jesús las cargara su hijo solamente. En vez de defenderlo y apoyarlo, lo dejaron solo… qué extraño proceder. En cambio, el joven, decía una y otra vez, que Jesús lo había sanado y cómo lo había hecho… Juan 9:26-27 “Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? El les respondió: Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?” Véalo cómo habla… él se consideraba discípulo de Jesús desde ya… ¿Queréis también vosotros haceros haceros sus discípulos? El estaba agradecido, alegre y quería identificarse con quien lo había sanado. De hecho, cuando Jesús lo encuentra y le pregunta si cree en el Hijo de Dios, él se muestra tan ávido y le responde: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?… nada más Jesús se le presentó como el Hijo de Dios y el joven dijo: Creo…

Pero vea a sus padres. Vea lo que el miedo los llevó a hacer. En este caso, fue el miedo a personas más poderosas e influyentes que ellos… ¿Qué les podían hacer? La Biblia dice que temían ser expulsados de la sinagoga. Temían perder un puesto en su sociedad y grupo con el que se relacionaban. ¿Era eso más importante que la salud de su hijo?

Pero aquí estamos nosotras observando la actitud de ellos, cuando es posible que estemos portándonos igual que ellos en otras áreas de nuestras vidas. No nos atrevemos a identificarnos con el Señor plenamente porque tememos “perder” otras cosas que hemos “ganado” en el mundo. Tememos servirle a toda nuestra capacidad porque pensamos que perderemos otras oportunidades de hacer cosas en la vida, o las personas que pueden favorecernos nos verán de modo diferente al saber que somos creyentes… revisemos bien… ¿nos estamos portando como ellos? ¿Por qué?

El Señor no ha hecho por nosotros algo tan simple como sanar nuestros cuerpos de enfermedades… hoy sanamos de una cosa y mañana padeceremos de otra cosa. El, lo que hizo, fue salvarnos de una eternidad en la condenación… esto es infinitamente superior que los otros pequeños favores que nos concede todos los días. ¿Por qué temer a perder pequeñeces, cuando el Señor nos ha dado cosas infinitamente mayores que todo lo que podamos imaginar?

Lucas 12:32-34 “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino.Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye.Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”

Romanos 8:32 “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”